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No se si lo
trajo la riada.
El extremo norte de la casa, se hallaba inundado por completo. Y
solo las sólidas paredes, que parecía tener, sostenían el agua que,
no obstante, amenazaba con romper la pared y entrar en nuestro
comedor. Nos hallábamos sentados en el suelo en unas mantas que nos
habían dado, pues no había ninguna silla si sillón, donde sentarnos.
La parte este no existía, así como la del este. Nosotros nos
hallábamos en la sur.
Quien lo iba a decir. Una casa tan grande. Desde luego, el dicho ese
de que la naturaleza no entiende de condiciones, es tan cierto como
que estamos aquí.
Lo malo, es que la casa no es nuestra. Tuvimos que entrar en ella.
No había otro remedio. Valencia se había convertido en un autentica
hermana del mar Mediterráneo.
Si no hubiera sido por la puerta que estaba abierta, no se que
hubiera sido de mis hermanos y de mi.
No hay luz, así que tuvimos que buscar una vela y encontramos una
lámpara de keroseno, que encendimos con unas cerillas que se
hallaban a su lado.
Me llamo Ana, pero me llaman Aneta. Toda mi vida. Y eso, que ya
tengo 18 años.
Nuestros padres han desaparecido y no sabemos donde están. Mis
hermanos, Ximo de seis, Josep de cinco y la pequeña del grupo,
Marieta, de cuatro, preguntan por ellos constantemente. Yo no se que
decirles. Así, que me he inventado la mentira piadosa, de que ha
nido a pedir ayuda y que hemos, de quedarnos aquí esperándoles.
Marieta me parte el alma, pues esta en la edad de los mimos. Y echa
de monos a su madre. Ximo y Josep se hacen los duros, con eso de que
ya son mayores, o eso dicen. Pobres. Al menos eso les mantiene
ocupados. Y yo… hago lo que puedo por no pensar en lo peor… y que
mis padres…
Entonces, algo se movió en la parte de arriba de la escalera. En la
parte norte de la casa, esta el comedor, donde estamos nosotros, que
es la parte de abajo y la parte de arriba. Habitaciones. Dos.
Vacías. Sinceramente, espero que el agua se haya calmado un poco,
por que aunque la pared que va desde la parte alta, hacia abajo,
parece fuerte, y estas casas, ya se sabe que los cimientos son
fuertes, mira lo que ha pasado con el resto de ella. En fin, ahora
solo nos queda rezar, para que no pase lo pero y se hunda sobre
nosotros.
Pero, como dije, algo se había movido arriba. Y no se pro que, se me
puso el velo de punta, por que había registrado la casa en busca de
alguien que nos ayudase, por ende que necesitase ayuda, y no había
visto a nadie. Repito: NADIE. Fue como si una puerta se hubiera
abierto. Con ese quejido tremebundo que las bisagras viejas emiten,
como si no quisieran que las movieran. Como cuando tienes reuma y
las rodillas se te quejan al agacharte y doblarlas.
Marieta se arrebujó en mí, metiendo la cabeza en mi pecho, muerta de
miedo.
-¿Qué ha sido eso, tata?
Yo no sabía que decirle, así que le dije lo primer oque se me
ocurrió.
-Seguro que el viento., cariño.
-Igual hay alguien –dijo Ximo.
-No seas cap de suro, no hay nadie. No hemos encontrado a nadie.
-Puede haberse escondido bien.
-Sí claro. Y nosotros somos más tontos, que él.
-Tú seguro, ja, ja, ja.
Josep se lanzó hacia su hermano y los dos comenzaron a pelearse.
-¡Ya basta, los dos! ¡Y lo digo en serio! –corté yo.
-Los niños, poco a poco dejaron de pegarse, riendo.
Entonces me di cuenta, de que Marieta miraba, hacia arriba con la
cara totalmente asustada y medio metida en mi pecho.
-Hay alguien, tata.
Yo la miré y la dije:
-No hay nadie cariño. Solo es una puerta y el viento que la mueve.
Entonces, no se si para darme la razón o no, la puerta se cerró de
golpe.
Marieta emitió un grito, y se abrazó a mi, metiendo, esta vez la
cabeza tanto en mi pecho que me hizo algo de daño.
-Marieta. Me haces daño cariño.
Entonces, ocurrió.
Yo se lo que vi, pero no se si era cierto o me había vuelto loca,
debido a la tensión de la situación. Mis hermanos y yo, solos en una
casa medio derruida y mis padres desaparecidos. Valencia inundada.
Repito, se lo que vi. Y lo que vi, fue una figura. Que se dirigía a
la escalera. Era, como una figura de negro. No se distinguía bien.
Estaba como difuminada. No hacía ruido al andar. La figura giró y
comenzó a bajar la escalera.
-No dejes que venga, Aneta –dijo Marieta-. No dejes que se acerque.
La figura siguió su rumbo.
Y entonces, vi algo que me dejó helada por completo. No quería
pensar, en lo que podía ser o no ser. Pero, una siempre ve, o cree
ver, lo que sus ojos ven o quieren ver. La mente es la que dibuja. O
al menos eso decía mi profesor de dibujo de 2º de BUP. La figura no
avanzaba, como uno avanza normalmente, al bajar una escalera. Es
decir, bajando escalones. La figura, parecía flotar por encima de
ella.
-“Estoy loca.” –me dije. Pero, lo que vi tras ella, lo que había
dejado a su paso, me hizo convencerme de que no lo estaba.: Una
absoluta ausencia de huellas. Sé, que estábamos lejos. Pero en la
casa había tal cantidad e polvo, que, aun en esa semioscuridad tan
tremenda, en la que nos hallábamos, con la única luz de la lámpara
de keroseno, una huella se habría visto. Aun estando algo lejos,
como estábamos nosotros.
La figura acabó de bajar la escalera. Se detuvo y se giró, hacia mis
hermanos y yo. Su rostro no era rostro. Era como cuando pintas algo
con un carboncillo y lo difuminas, con un trozo de papel. Su cuerpo
era igual. Era como una visión difuminada. Es que era eso. Nada más
y nada menos. ¿Un fantasma? No lo sé. Pero, fuera lo que fuera, era.
La figura habló entonces. Y su voz, parecía un susurro de
ultratumba, pero perfectamente audible:
-Es la fragua, de la desdicha, la que arde, creando desastres, hoy.
Así pues, no soy más que un hijo del calor de esa fragua. El yunque
de existencia es subyugaros, a mi terror.
Y, de repente, pareció mirar a Marieta. Ella se arrebujó más y más
en mi pecho. Creo, que la pobre, si hubiera podido encontrar una
abertura en mi piel, se hubiera colado dentro. Extendió su mano, una
mano como hecha de huesos difuminados en dirección a mis hermanos.
-Y en ellos –dijo señalando a mis hermanos, también-, es donde
encuentro mi mayor fuente de satisfacción. Sobre todo en ella.
Entonces fue a tocar, a Marieta.
No se, como lo hice, pero reaccioné. Cogí a mi hermana en brazos y
me levanté del suelo y dije, alejándome del ser:
-¡No la tocarás! ¡Ximo, Josep! ¡Detrás mía!
Los niños, que hasta el momento habían permanecido como
hipnotizados, reaccionaron también y se pusieron detrás de mí
escondiéndose.
El ser, o lo que fuera, me miró y dijo algo, que me congeló la
sangre:
-Ellos son mi manera, de conseguir que esa fuente de satisfacción,
también venga de ti. Estaré cerca de ellos, siempre.
A mí, se me ocurrió decir:
-Intenta, inculcar terror, al que no lo tiene. Y solo lograrás
fracaso. El que tiene miedo espera a rebujo, de su refugio. El que
no lo tiene, espera en primera línea y da la cara. No esperes, que
te tema. Pues, por ellos daría la vida.
El ser pareció dudar. Entonces, desapareció, abriendo los brazos y
cerrando los puños, emitiendo un grito de furia, que me congeló el
valor, durante unos segundos, acompañado de un viento que apagó la
luz. Mis hermanos gritaron. Confieso, que yo también. Pero, cuando
todo se quedó a oscuras hablé a mis hermanos:
-Niños, ahora nos vamos a recostar en las mantas y vamos a dormir.
No temamos y ese ser no aparecerá.
-¿Quién era, Aneta? –dijo Marieta, con una voz aterrada, que me
partía el alma.
-¿Era un fantasma? –dijeron Ximo y Josep.
Yo los abracé y les dije:
-Creo, que era el miedo, niños. Y ahora a dormir.
Tanteé, en busca de las cerillas y cuando las encontré, encendí la
lámpara. A continuación, nos metimos en las mantas y nos echamos a
dormir, rezando, para que la pared aguantase, el embite de las aguas
de la riada.
Autor : Juan Pablo Esteban Conde
jpesteban@ya.com
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