|
Un día vas andando por la calle y, de pronto,
descubres un rostro conocido entre la gente. Eso mismo me ocurrió a mí hace varias semanas, mientras caminaba pensando en mis asuntos. Por un momento dudé al verle entre la multitud, justo antes de cruzarme con él en la acera. Habían pasado
veinte años, así que ambos podíamos haber cambiado y yo podía haberme
equivocado al identificar sus facciones. Sin embargo, se
conservaba bastante bien y, por el lugar donde estábamos, cerca del recinto universitario que
alberga las Facultades de Letras, deduje que, en efecto, se trataba de quien yo pensaba.
Un segundo después sentía el deseo de que también él me reconociera a mí
y nos parásemos a charlar un momento, recordando otros tiempos, cuando asistía a sus clases de Geografía y me alentaba a seguir escribiendo. Después, consiguió una cátedra y abandonó su plaza en el instituto. No volvimos a vernos, pero sus enseñanzas significaron algo especial para
mí y siempre le consideré una persona muy valiosa, de manera que habría
sido muy agradable que se detuviera a hablar conmigo.
Fue un instante de ansiedad espontánea, ligeramente angustioso. Nuestras miradas se encontraron, no me cabe duda, pero cuando estaba a punto de abrir la boca para saludarle, me di cuenta de que no me había
reconocido. Al fin y al cabo, ¿cuántos alumnos habrían desfilado ante sus ojos? Era casi imposible que me recordara de un simple vistazo. Pero me sentí repentinamente frustrado. Experimenté una gran desilusión, porque habría sido emocionante pararse a charlar, contarle acerca de cómo me había
ido, de mi carrera profesional, de mi mujer... y, naturalmente, también saber de él, de su vida.
Podía haber sido yo quien iniciara el saludo, pero era como si de súbito no tuviera nada que contarle. Me percaté de que no éramos más que hormigas, que portamos los recuerdos como ellas desplazan las larvas de
un sitio a otro del nido, protegiéndolos, con temor a que sean dañados, limitándonos a cumplir con nuestra parte del trabajo, como las abejas en una colmena. Y, entre nosotros, a veces no nos reconocemos en medio del enjambre, no recordamos las experiencias que alguna vez compartimos. Así
que seguí mi camino con resignación y pasé de largo.
Pero su mano se posó en mi brazo y me dijo:
-Yo a ti te conozco. |