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Dos pequeñas velas ardían en candelabros de marfil
dibujando las sombras de dos hombres sobre las paredes rotas de una
vieja habitación. Uno de ellos reposaba en un amplio sillón marrón
rojizo, pensativo mientras palmeaba un pequeño cojín de seda bordado en
oro. Era un hombre alto, robusto; su roído cinto carmesí sujetaba un
rasgado pantalón negro, una camisa mal abrochada vestía su pecho ancho y
sus brazos musculados, en su piel bronceada asomaban innumerables
cicatrices y el tatuaje borroso de una ola adornaba su costado
izquierdo.
Pasaba ya los cuarenta años y daba la impresión de haber viajado en
cientos de barcos y de haber cruzado su espada con miles de guerreros.
No estaba esto lejos de la verdad, pues él era Telmo O’Caran, un pirata
temido y odiado en las costas de todo occidente, y respetado y apreciado
en la isla Abrazamar. Él mismo había descubierto Abrazamar y le había
dado nombre, apenas cien kilómetros cuadrados de firme superficie
perdidos en algún lugar del océano. Allí se encontraba O’Caran ahora, en
la primera casa que construyó en la isla y en la que pasaba el tiempo
antes de hacerse a la mar.
- Dime chico, ¿Cómo pudiste llegar aquí? Donde no llegó jamás Galeón o
Velero alguno sin mi auxilio, has llegado tú, un muchacho en un pequeño
barco de pesca.
O’Caran hablaba con un joven que apenas pasaba la veintena, delgado y de
media estatura. Calzaba botas de pescador y sus ropas harapientas
denotaban que había pasado largo tiempo con ellas, un pequeño cuchillo
colgaba de su roto cinto de cuero.
- Mi padre siempre me contaba las historias del gran pirata O’Caran y de
su isla secreta Abrazamar. Él tenía su propia idea acerca de su
emplazamiento, y es que es, o quizás era, un gran conocedor de los
mares, si bien apenas se alejó de la costa para pescar. Puedo afirmar
que su teoría era correcta, aunque no exacta, pues he vagado por el
océano durante semanas y ya desfallecía cuando al fin pude ver tierra.
El veterano pirata le miró en silencio, sus profundos ojos verdes
parecían dos grandes mares en calma. Sin embargo, estaba francamente
sorprendido, y su mirada prudente no carecía de un cierto respeto y algo
más de suspicacia.
- Y dime ahora, chico, ¿Cómo te llamas y por qué has venido hasta aquí?
¿Acaso has arriesgado tu vida para demostrar la teoría de tu padre?...
¿O quizá piensas delatarme a los daneses?
- No me habría presentado en tu casa si fuera a delatarte. Estoy aquí
para hacerte una proposición. Quizá te suene extraña o fruto de la mente
de un loco, pero te ruego que me dejes contarte toda mi historia y luego
medites antes de tomar una decisión. Mi nombre es Zerraim Nebru y vengo
de la pequeña ciudad de Ergiasdar.
“Como ya te he dicho, conozco tu historia por mi padre. Él me contó que
has recorrido todo occidente, navegando desde el frío Norte hasta el Sur
salvaje durante más de veinte años, que has sido un aventurero, forajido
y perseguido durante todo este tiempo, y que gracias a la piratería has
llegado a conseguir riquezas semejantes a las de los asentados
gobernantes del norte.
Sin embargo, ni tú ni ningún otro hombre ha sido capaz de navegar más
allá del mar, rumbo a oriente, donde aguardan tierras tan extensas como
éstas que nosotros llamamos mundo. Sé que te resultará difícil de creer,
pero te digo esto desde la más profunda convicción: a muchos días de
navegación hacia el este se esconden grandes playas, bosques frondosos
llenos de frutos y bestias desconocidas.
Pues bien, he venido a pedirte que navegues conmigo. Tú, que eres uno
con el mar, podrías ayudarme en mi gran empresa y descubrir nuevas
tierras, lugares inimaginables e incluso nuevas gentes. Sí, porque en
las lindes de los bosques he visto pequeñas tribus salvajes, y quién
sabe lo que hay más allá…”
Telmo O’Caran no daba crédito a lo que oía, sin embargo, notaba
convicción en las palabras del joven. Echó a un lado el cojín de seda,
se incorporó sentándose en la esquina del sillón, que emitió un crujido,
y miró más de cerca al chico que le hablaba. No era un hombre
corpulento, ni parecía un noble, ni mucho menos un capitán de barco. Era
imposible que aquel joven corriente hubiera llegado donde nadie lo había
hecho jamás.
- No entiendo lo que dices, ¿Acaso quieres hacerme creer que tú ya has
estado más allá del mar? ¿Quizá llegaste allí tú solo, en tu pequeña
barca?
- Nunca he estado allí y jamás podría llegar en una pequeña barca
pesquera. Pero tú tienes grandes barcos y grandes marineros. Te
preguntarás como sé entonces qué hay en el este. Lo sé porque lo he
soñado. Sí, es difícil de creer, pero has de saber que desde mi niñez
sueño con mi destino, con lugares y situaciones que al cabo de un tiempo
terminan por suceder. Mis sueños son muy reales y en ellos siento y
padezco como en la misma vida. Ellos determinan mis acciones y me
empujan en la dirección adecuada. Fue por mis sueños que abandoné mi
casa hace ya tiempo, y fue por ellos que vine hasta aquí a contarte mi
historia, pues yo soñé con Abrazamar.
Telmo suspiró profundamente y bajó la cabeza.
- Lo que dices no tiene sentido. Si ves el futuro en tus sueños sabrás
que jamás me embarcaría en tamaña aventura, y menos aferrándome a los
desvaríos de un loco. Estoy viejo, chico, apenas me hago a la mar para
oír el salpicar de las olas y sentir el avance ondulante de mi barco.
- ¡Mis sueños no me cuentan nada!- replicó hoscamente- solo me muestran
algunas cosas y casi siempre de forma fugaz y algo caótica. De hecho,
cuando llegué aquí albergaba pocas esperanzas de que vinieras conmigo.
Sin embargo, mi esperanza creció nada mas verte – por momentos la voz
del chico aumentaba en convicción- y ahora estoy seguro de que vendrás.
Tratas de disimular, pero he visto como brillaban tus ojos cuando te
contaba mi historia, he visto como se movían inquietos, pues están
hechos de la misma sustancia que el agua del mar. Dices estar viejo,
pero te puede el ansia por navegar, tiemblas con el deseo de aventuras y
sabes tan bien como yo que vendrás.
Zerraim Nebru acabó con una seguridad desbordante, su pasión se palpaba
en la vieja y tranquila habitación de Abrazamar y Telmo O’Caran no pudo
hacer más que contagiarse de ella. Seguía pensando que la idea era una
locura, pero no deseaba otra cosa que formar parte de tamaña demencia.
- Tienes razón, Zerraim Nebru, iré contigo. No tengo miedo a nada: si he
de morir que sea en el mar, y si alguien ha de conquistar el Oriente,
será Telmo O’Caran. ¡Una última proeza para el Rey del Mar!
Enviado por : rubenramirezlorenzo@yahoo.es
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