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Los días se sucedieron llenos de pequeños
descubrimientos. Cosas tan simples como una fruta exótica o una montaña
atisbada en la lejanía se convertían en todo un acontecimiento para los
piratas. En momentos como aquellos, las penurias del camino se olvidan,
o al menos se posponen para disfrutar de la satisfacción del momento.
La tranquilidad les regocijaba en aquel territorio liberado de la mano
de occidente, salvaje y fértil como es la naturaleza en libertad. Pero
aún en aquel paraíso soñado, un alma se revolvía inquieta. Los sueños
del joven Zerraim se repetían cada vez con más insistencia, como un
latigazo continuo del inconciente. La suavidad de la hierba y la
frescura del agua no aplacaban su alma, las ramas de los árboles y el
sonido del bosque, cosas que tanto adoraba, no le daban cobijo.
En el atardecer del quinto día, Zerraim decidió buscar la soledad
adentrándose en el bosque. Los piratas se afanaban en reunir madera para
reparar el barco, o se tumbaban perezosamente disfrutando de las últimas
horas de Sol. Antes de perderse entre las ramas lo alcanzó Telmo
O’Caran, preocupado desde hacía tiempo por la salud del muchacho.
- ¿Adonde vas? – preguntó
- Sólo quería dar un paseo, meditar. Eso es todo.
- Deja que te acompañe- se ofreció el capitán- no es bueno que nadie
ande solo.
El joven no puso impedimento. Estar al lado del veterano pirata le
reconfortaba, al fin y al cabo le recordaba el éxito de su mutua misión.
- Todavía tienes esa pesadilla, ¿no es así?
- Así es – asintió Zerraim – se acerca el momento, puedo sentirlo.
- Trata de olvidarlo, quizá no suceda. Hemos de disfrutar de… ¿Has visto
eso?
El gran capitán se había detenido en seco. Su vista de águila había
descubierto algo. Lejos al norte el Sol había destellado sobre un metal
bien conocido por el capitán.
- Oro. Hay oro, y está muy cerca.
- ¿Estás seguro?- preguntó Zerraim sorprendido.
- No confundiría ese brillo ni a un millón de kilómetros… - la duda le
asaltó, los piratas habían rastreado una zona muy amplia y no lo habían
visto. Ellos, en su paseo, apenas se habían alejado de la costa.
- Anochecerá pronto – anunció Zerraim – podemos volver mañana y
recogerlo.
- ¡No! – contesto el capitán – está muy cerca, vayamos a verlo.
Telmo O’Caran se apresuró a avanzar en el camino correcto, el jamás
perdía el rastro, era algo por todos conocido. El terreno boscoso era
denso y se volvió muy oscuro. El Sol comenzaba su caída y las sombras
poblaban la zona. Los dos amigos caminaron deprisa, la curiosidad
agilizaba sus pasos. Al cabo de un tiempo se pararon, Telmo O’Caran se
agachó para examinar el terreno.
- Parecen las ruedas de un carruaje. Se alejan hacia el nordeste.
- Estoy cansado, amigo, cae la noche y estamos muy lejos. Volvamos… -
Zerraim comenzaba a tener un mal presentimiento.
- Si, tal vez… ¡Mira! – gritó excitado. ¡He vuelto a verlo! Ahora mucho
más nítido.
- ¿Él qué? Yo no he visto nada.
- Si, está cerca. Es un carro de oro – exclamó- Esto es todo un
acontecimiento, Zerraim. ¡Vamos! Si nos apresuramos lo alcanzaremos.
Así comenzó una improvisada persecución. Irreal para el joven, que
apenas podía captar aquellos destellos dorados. Telmo O’Caran los
distinguía perfectamente. Avanzaba extasiado con la idea de dar alcance
a aquel carruaje misterioso.
Siguieron alejándose de la costa. El terreno boscoso dio paso a una
llanura poblada por escasos bosquecillos. Allí pudieron contemplar la
Luna llena, que brillaba con su plateada sutileza. El cansancio agitó
sus respiraciones y ablandó sus miembros, pero siguieron caminando con
terquedad, con el gran pirata siempre a la cabeza.
Llegó un momento en que distinguieron claramente el brilló apagado del
carruaje, y pudieron oír el traqueteo metálico de sus ruedas. Lo tenían
muy cerca cuando el vehiculo viró y desapareció en una pequeña arboleda.
Entonces, los dos perseguidores corrieron tras su pista, esquivando los
troncos de los pinos. El ulular de un búho llenó la noche y el gran
capitán O’Caran, en su frenética carrera, no cayó en la cuanta de que el
traqueteo había cesado.
En un instante alcanzaron el extremo de la arboleda y se encontraron en
un gran claro. Sorprendidos, contemplaron el brillante objeto de su
deseo a apenas unos pasos. El conductor se había detenido como si
hubiese descubierto a los dos espías en la inmensidad de la noche.
En ese momento, la cordura volvió a la mente del gran pirata, que
maldijo para sus adentros su comportamiento irracional. Había actuado
como un novato y quién podía saber las consecuencias. Maldijo, sí, pero
sus ojos seguían sin apartarse del dorado carruaje.
Un hombre muy extraño se bajó del vehículo y su sola visión provocó un
grito histérico de la garganta de Zerraim.
- ¡Es él! – esto fue todo lo que el muchacho logró articular.
La desesperación y el miedo le corrompían las entrañas, toda la agonía
que llevaba acumulada en su corazón estalló a la vista de los ojos del
extraño, que ardían como hogueras. El hombre se acercó y les enfrentó
con la tranquilidad del mismísimo diablo, y Zerraim supo que no se
marcharía hasta haberse cobrado sus vidas.
¡Qué visión tan terrible! Aquel hombre tenía un aura sobrehumana, sus
diabólicos ojos rojos, su sonrisa cruel y carente de empatía. Su cuerpo
escuálido estaba desnudo y sus manos alargadas sujetaban un látigo
inflamado de llamas.
Liberado de toda esperanza, Zerraim trató de atacarle blandiendo su
daga. En aquel momento no pensaba en escapar de la muerte, sino en
liberar al mundo de semejante insulto a la humanidad. Su ataque fue
veloz como una el de una cobra, pero aquel ser infernal hondeó su látigo
y lo extendió hacia el muchacho. Sus inconsumibles cuerdas abrazaron el
cuerpo de Zerraim atrapándolo en una enredadera de llamas.
O’Caran tardó en reaccionar, pero su ataque se fortaleció con la rabia y
las ganas de venganza. Su poderoso brazo sostenía un cuchillo muy viejo,
que era para él una suerte de talismán. Su resolución no titubeaba, pues
temblaba con el ansia de atravesar el corazón podrido de aquel hombre
que lo enfrentaba desarmado y desnudo. Sin embargo, la mirada ardiente y
consumidora del demonio se clavó en las profundas inmensidades marinas
que eran los ojos del gran capitán. Los pasos de Telmo O’Caran se
ralentizaron y su brazo pareció incapaz de sostener el arma. Aquella era
una batalla de voluntades, y la mente humana del pirata parecía sucumbir
a las negras artes del diablo. Sus ropas comenzaron a quemarse y su piel
se abrasaba.
En el suelo, agonizante de dolor, Zerraim contemplaba la escena y
lloraba de rabia, abrumado por la culpa, pues él había arrastrado a su
amigo a compartir su calamitoso destino.
Sumido en el terrible combate, O’Caran se ahogaba con el humo que
producía su propia carne quemada, pero el viejo lobo de los mares poseía
el coraje y la fuerza de mil hombres, y ni el más poderoso emisario de
infierno podía impedirle morir con dignidad, manchando su cuchillo de
sangre antes de caer. Un paso más, nada más le quedaba. Su cuerpo seguía
moviéndose pese a estar ya carbonizado, su vista se había nublado pero
su voluntad era tan fuerte que sobrepasaba sus facultades vitales. Así,
en un último espasmo de su brazo atravesó el pecho del diablo y cayó al
suelo.
Un grito de ultratumba, desgarrador del alma, brotó de los labios rojos
del diablo, que se consumió en cenizas. Con los ecos de su chillido
reverberando en el aire, el carro de oro se puso en marcha y los dos
amigos se quedaron solos, tirados en la hierba. Las llamas del látigo
cesaron las cuerdas quemadas cedieron ante los tirones desesperados del
muchacho.
Zerraim, con el cuerpo marcado, se acercó al lado de su amigo moribundo
y trató de incorporarlo, pero para él ya no había esperanza.
- Zerraim – murmuró – he matado al diablo… Ahora podrás dormir
tranquilo… A cambio, solo te pido… una cosa… Prométeme que saquearás ese
carro de oro… y que sus riquezas… alumbrarán… la isla… de Abrazamar.
El pirata murió con estas últimas palabras, los ojos del gran capitán se
vidriaron, como si un océano se secara, y su respiración cesó. Sin
embargo, el joven le contestó.
- Te lo prometo, Telmo O’Caran, amigo. Aunque el camino me lleve a las
puertas del infierno, no pararé, lo juro.
En aquel territorio extraño, Zerraim sintió la mayor pena de su vida. En
sus manos moría un gran hombre, pero por siempre viviría su leyenda.
FIN.
Enviado por : rubenramirezlorenzo@yahoo.es
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