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Los días que siguieron a la batalla fueron tristes. Se
habían desecho de los cadáveres daneses de forma poco ceremoniosa,
lanzándolos por la borda, semidesnudos después de saquear los cuerpos. A
modo de homenaje, habían agrupado los cadáveres de sus compañeros en el
puente de mando de la galera, vestidos con sus mejores galas y empuñando
las últimas armas que pudieron usar. Después izaron las velas y el barco
danés partió a la deriva, conquistado por los caídos.
La tripulación del Libertador quedaba reducida a la mitad, y la
algarabía tardó en volver a las tardes de popa. El cielo brilló claro y
despejado durante semanas, pero el barco se deslizó por las aguas
apático, como un náufrago en la inmensidad de un océano vacío. Sin
embargo, el paso del tiempo despejó las mentes y acalló los lamentos,
los piratas relamieron sus heridas y la vida volvió a la normalidad de
alta mar.
Un día Zerraim se levantó extraordinariamente pálido. Él solía mostrarse
cansado muchas mañanas, como si no hubiera pegado ojo, si bien a las
pocas horas recuperaba el carácter amigable que le caracterizaba en el
barco. Aquel día el aspecto lánguido y el comportamiento taciturno le
duraron hasta el atardecer, y no fue hasta consumir una buena cantidad
de vino que dirigió unas palabras al gran capitán.
- Tengo miedo del futuro, amigo – dijo con voz suave, sin mirar a
O’Caran a los ojos- He visto al diablo en mis sueños. No sé donde y no
sé cuando, pero he mirado en sus ojos y he visto la muerte.
- Es… es solo un sueño, Zerraim- el gran pirata trató de calmarle, pero
la preocupación se mostró en su tono quebradizo.
- Sucederá- afirmó el joven vaciando el vaso de un trago- Sólo espero
que sea tarde y podamos acabar este viaje. Descubriremos un nuevo Mundo,
y después, ¡Qué el diablo me lleve!
Zerraim solo pronunció estás fúnebres palabras y las horas pasaron muy
lentas. La oscuridad llegó en silencio, mostrando aquella noche su cara
más negra. En un cielo sin estrellas la Luna decidió permanecer oculta,
como si quisiera acompañar con su ausencia los atribulados pensamientos
del muchacho.
Navegaron muchísimos días, la tripulación ya había perdido la noción del
tiempo cuando el gran capitán señaló las playas de la última isla
conocida, el último bastión de occidente. Aquel era un punto remoto e
impensable para la plana mayor de los marineros, si bien los frutos de
sus bosques habían sido degustados por unos pocos intrépidos de los
mares. Se encontraban ante la última parada programada por el capitán y
la tripulación la disfrutó como si fuera un gran tesoro. Allí pudieron
pescar, correr y disfrutar de aquellos simples placeres que sacrificaban
en la larga travesía.
Se demoraron dos días, y al partir, abarrotaron el barco de frutos,
pescado y agua potable. Por fortuna, las reservas de alcohol aguantaban,
si bien la carne salada se había agotado hacía ya varios días.
Comenzó el trayecto por aguas inexploradas y resultó complejo desde el
principio, pues las tormentas se sucedieron día tras día. Poco tiempo
después, el viento se olvidó de soplar y los marineros tuvieron que
hartarse a los remos.
El sufrimiento y la inquietud aumentaron a cada kilómetro y sin embargo,
ni una sola palabra de reproche se oyó a bordo del Libertador. Las
provisiones se agotaban y las tormentas, los vientos cambiantes y la
niebla hacían imposible la orientación la mayoría del tiempo. A pesar de
todos estos impedimentos, el gran capitán nunca dudaba a la hora de
marcar el rumbo, y el barco, aquel magnífico navegador del mar,
aguantaba las embestidas más furiosas y dañinas.
En una atronadora protesta del mar, las olas llenaron de agua la
cubierta del barco y resquebrajaron el palo mayor. En un impensable
ciclón de viento las aguas se levantaron y el barco se elevó y una
cámara del casco quebró y se inundó. Maltratado como nunca, el valeroso
Libertador se mantuvo a flote hasta el final, y los desfallecidos
piratas mostraron su mismo coraje.
Llego el día en que un pirata desesperado anunció el avistamiento de
tierra y el júbilo explotó tan ruidoso como tamaña hazaña merecía. La
tierra se extendía en el horizonte como una gran mancha, como una
inmensidad escondida.
- Ahí está - dijo Zerraim, y su tono serio y agotado no escondía su
profunda satisfacción.
Enviado por : rubenramirezlorenzo@yahoo.es
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