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Los primeros destellos solares alumbraron la partida del
Libertador. Su pico aquilino cortó las aguas y sus flancos alados se
balancearon suavemente dejando tras de si una estela de ondas difusas.
En el embarcadero, los familiares y amigos de la tripulación observaban
la embarcación menguante en su camino a la mar.
Las flores y los vítores habían acompañado el paso firme del capitán por
las calles empedradas y las playas blancas. La solemnidad y el festejo
habían tomado la ciudad de manera excesiva, incomodando a un hombre
austero y pragmático como era Telmo O’Caran. Sin embargo, no podía
esperar una despedida menor. Ningún gobernador consigue el respeto de
aquel que construye su pueblo.
El barco se perdió en el horizonte, el viento arrastró los pétalos
caídos y la algarabía del festejo fue sustituida por los sonidos de la
rutina. A bordo del Libertador, la frescura y el abandono del océano se
convertían en los compañeros habituales de los veteranos marineros, y en
un nuevo descubrimiento para el joven que los acompañaba.
La vida a bordo de un barco tan especial como el Libertador quedaría
marcada en la mente de Zerraim para siempre. Él, que había pasado sus
primeros días a flote en su barca de pesca y que se había embarcado
furtivamente en la bodega de una galera, jamás había sentido la
verdadera vida del marino, del pirata que se esconde en el mar y no sabe
su destino.
Los primeros días fueron duros. La camaradería de aquellos compañeros de
viaje le resultaba extraña, una amabilidad artificial y forzada. Sin
embargo, el paso del tiempo y la compañía ininterrumpida de los
marineros agilizó las conversaciones y destapó la verdadera personalidad
de aquellos hombres. Las enormes borracheras de popa y las alocadas
apuestas no fueron una ayuda menor. De hecho, las carcajadas y los
exabruptos quedaron para siempre unidos al frescor de las olas y el
crujir de las maderas, de modo que aquellos momentos eran siempre
felices y relajados.
Pasaron las semanas y Zerraim tubo tiempo de conocer la apatía y la
soledad. La vida del mar está llena de grandes tristezas y las noches
eternas en el camarote le llenaban de pesadumbre, de melancolía y de la
sensación familiar de no pertenencia que le había atormentado en su
infancia.
La tercera semana, después de innumerables comidas saladas y alcohol
dulce, el gran capitán ordenó virar a babor y toda la tripulación
celebró jubilosa la llegada de la tierra firme.
El aire fresco y los granos de arena les saludaron al atracar en una
pequeña isla bien conocida por el gran capitán. La playa se extendía a
los flancos y una montaña austera y rocosa se erguía en el horizonte.
Aquel pequeño peñasco carecía de los bosques fértiles y los ríos
caudalosos de islas más atractivas, pero suponía un refugio seguro para
los perseguidos, los desertores y los forajidos, un lugar donde ningún
barco danés repostaría jamás.
- Estás son aguas peligrosas- explicó O’Caran a la luz de la lumbre-
Aguas danesas – agregó acercando sus manos al fuego - No habrá muchas
oportunidades de pisar tierra firme, así que disfruta cuanto puedas.
- ¿Sabes? Jamás pensé en tener un viaje como éste – Contestó Zerraim,
que trataba de sincerarse- No soy un hombre del mar, lo he odiado toda
mi vida, pero jamás lo odié y lo quise más que en estos días- Telmo
O’Caran esbozó una sonrisa- Sois una gente increíble, jamás habría
soñado con algo así.
- La vida en el mar es muy diferente –añadió Telmo, y sus profundos ojos
verdes chispearon con los recuerdos pasados.
- Las historias de mi padre hablaban muchas veces de Abrazamar, de sus
gentes, su camaradería, de innumerables aventuras. Yo no prestaba mucha
atención, las descartaba como simples fabulaciones, pero ahora veo que
todo eso tuvo que ser cierto – O’Caran suspiró.
- Hay gran parte de verdad y también mucho de leyenda, pero ya tendremos
tiempo de hablar de todo eso. Acabarás aburrido de las historias de este
viejo marinero.
- No, escribiremos una nueva historia- sentenció Zerraim con su ilógica
convicción- y se añadirá con letras de oro a todas las leyendas...
- Sí, tal vez sea así muchacho.
La madera terminó por consumirse y las brasas se apagaron. La noche
profunda llenó el cielo infinito, libre de estrellas y abandonado por la
Luna. En aquella playa perdida, Zerraim, tumbado en la arena, volvió a
soñar.
El amanecer llegó acompañado de la niebla. No de la bruma matutina tan
común en la costa, sino de una capa espesa, densa e inescrutable.
O’Caran, a regañadientes, tuvo que retrasar la partida. Pasaron las
horas muertas a la espera de una mejoría, pero aquel velo blanquecino no
parecía dispuesto a desaparecer. Así que ansioso y decidido el capitán
ordenó izar las velas y proseguir el camino.
El barco partió cual vaporoso fantasma y la invisibilidad lo acompañaba
como un arma de doble filo. Atentos a cualquier movimiento o sonido, los
tripulantes del barco se deslizaban por las aguas lentamente, mostrando
su cautela.
Los tenues susurros del viento no filtraban sonidos extraños, sólo el
eterno rumor del océano y los leves crujidos de la madera acompañaban la
respiración del capitán. El níveo paisaje no se alteraba y Zerraim tuvo
la sensación de estar atravesando una nube que no parecía terminar. El
Sol irradió furioso como señal de protesta y los marineros achinaron los
ojos cegados por la claridad.
El viento comenzó a soplar con más fuerza y las precauciones de la
tripulación se mostraron baldías. Navegaban ignorando cualquier
obstáculo que se pudieran encontrar. Entonces, como despertando de un
sueño, como si le entraran las prisas, la niebla se difuminó de repente.
Los finos destellos Solares atravesaron la madeja vaporosa y el paisaje
marino volvió a mostrar su rostro y desveló una sombra voluminosa que se
erguía justo en frente del Libertador.
El destino les guardaba una broma macabra, o la casualidad mostraba su
cara más letal. O’Caran, incrédulo, giró el timón con todas sus fuerzas
y el barco viró ágilmente salvando el obstáculo repentino. Un grito de
asombro brotó de la tripulación y un sonoro exabrupto dominó el aire
desde las alturas.
- ¡Pero qué diablos…! ¡Es el Libertador!
Desde el palo mayor de una enorme galera había surgido el grito ronco de
un soldado danés. La sorpresa y la incredulidad dominaban la escena, los
dos barcos se habían encontrado como dos granos de arena arrastrados por
el viento. Un tigre blanco se balanceaba en una bandera escarlata, y su
visión hizo encoger el corazón sufridor de Telmo O’Caran.
A su orden, la tripulación abandonó sus posiciones y se dirigió al
almacén de la caseta. Los cuchillos y las espadas curvas centellearon al
Sol. Zerraim, presa de los nervios, se quedó congelado, incapaz del
menor movimiento.
La sombra de la galera ocultó el Sol a los ojos de los piratas, el
choque de los barcos era inminente y la huida imposible. Así que el gran
capitán apretó los dientes, giró el timón con todas sus fuerzas y lo
aguantó como pudo mientras la embarcación danesa chocaba con el lateral
del Libertador. El crujido de la madera fue ensordecedor y el terrible
balanceó hizo caer a la mitad de la tripulación. El Libertador titubeó
como un borracho y las plumas de acero se abollaron, pero no cedieron.
Zerraim Nebru dio con sus huesos en el suelo y su cara se arañó con las
esquirlas de la tarima. El golpe resultó ser el bofetón que necesitaba,
el aviso que le puso alerta y le arrancó el miedo de las venas. Corrió a
por su arma como alma que escapa del infierno, como un tritón que
necesita su lanza para enfrentar la lucha.
El casco elevado favorecía el ataque danés, su ejército de chaquetas
rojas abarrotaba el flanco de la galera. Aquella contienda habría sido
una carnicería si los soldados hubiesen dispuesto de sus flechas. Sin
embargo, la vigilancia rutinaria en la que se encontraban no llamaba a
peligros semejantes a aquel que iban a enfrentar.
Sin grandes titubeos, envalentonados por su superioridad numérica, que
era de dos a uno, los enfurecidos daneses abordaron el barco insignia de
Abrazamar, y aquella contienda hablaba de revancha y de años de espera.
La lucha fue cuerpo a cuerpo, el ejército escarlata les cayó encima como
las rocas en una avalancha. Algunos utilizaban escalinatas, otros usaban
las cuerdas y los cabos de los mástiles cual lianas. Los más osados
caían libremente sobre la tripulación, y de no ser por los uniformes,
nadie habría distinguido soldados de piratas.
El caos y la desorganización convertían al renqueante barco en un
monumento a la locura. Los hombres tropezaban y morían estúpidamente,
acuchillados y pisoteados. Las espadas segaban miembros y trinchaban
cuerpos en ambos bandos. La sangre rezumaba como la espuma de las olas.
Por fortuna para las gentes de Abrazamar, sus armas ligeras resultaban
mucho más efectivas en las distancias cortas. Lejos de titubeos y
estrategias, los piratas se abalanzaban contra sus enemigos cual perros
de presa, cercenando sus gargantas tan de cerca que podían sentir el
exabrupto del último aliento.
Zerraim temblaba como un niño, las filas de piratas iban cayendo y la
contienda se acercaba. A babor pudo distinguir la melena leonina de Taar
Lebriaar agitarse para todos los lados, el joven guerrero era un
bárbaro, un león herido que afilaba su sable con los cuerpos de sus
adversarios, los cadáveres se amontonaban a sus pies. A estribor se
destacaba la figura del gran capitán. Sus mandobles se sucedían menos
veloces pero igual de certeros, el viejo pirata luchaba con la técnica
depurada del veterano, sus movimientos denotaban algo de cordura, si
bien su dentadura se destacaba en un gesto de furia.
Los daneses se reagruparon, habían tomado un tercio del barco, pero sus
muertos superaban con creces las bajas de los piratas. Su segunda
acometida fue mucho más organizada. Guardaron en lo posible sus líneas y
recogieron los frutos de su estrategia, pues su avance era incontenible.
Desde el puente de mando de la galera resonaron las risotadas del
general de los daneses.
- ¡Matad al resto, pero quiero a O’Caran vivo! – gritó
Jaleados por su general y recobrada la confianza, los daneses caminaron
con calma y procuraron guardar las distancias. Dos piratas cayeron a la
vera de Zerraim, las piernas le temblaban y el sudor hacía resbalar el
puñal de su mano derecha. El pánico le cegaba, tanto era así que en
frente solo podía distinguir a los daneses como manchas rojas. Viéndose
rodeado, se abalanzó contra las filas enemigas como un lobo acorralado.
Su cuchillo se hundió en las tripas de un soldado y ambos cayeron al
suelo y rodaron por la cubierta.
El miedo desapareció, pues su cordura ya no existía. La batalla se
convirtió en algo irreal, en una pesadilla infernal de olor nauseabundo
y ondas escarlata. Los piratas cedían poco a poco pero no se rendían.
Las risotadas del maldito general resonaban entre los lamentos.
Telmo O’Caran se había apartado de la lucha. Bordeando el barco
consiguió alcanzar una escala y trepó por ella con la habilidad de un
gorila. El general vio sus intenciones pero no pudo llegar a la escala
antes de que el gran capitán alcanzara el casco de la galera.
- ¡Te estaba esperando! – Gritó entonces, pero sus actos no habían
acompañado sus palabras - ¡Que ironía del destino! ¡Tanto tiempo
buscándote, y caes en mis manos como un cervatillo indefenso! ¡Al fin te
daré muerte, Telmo O’Caran!
El viejo pirata no respondió, sus energías las guardaba para el duelo de
espadas. El acero restañó como ya lo había hecho antes, y como también
había restañado el día que O’Caran dio muerte al padre del general. Las
estocadas se sucedían sin tregua, pero ambos espadachines fintaban y se
cubrían como grandes maestros de la esgrima. El duelo fue largo y se
extendió sobre la galera, desde la proa a la popa, contrastando su
contienda con el hormiguero de muerte que acontecía en el Libertador.
La fatiga comenzó a pasar factura en el Gran Capitán, el joven danés
estaba fresco y sus golpes caían cada vez más letales y plomizos. Telmo
sangraba por una docena de cortes y los músculos de su brazo se volvían
cada vez más flácidos. Un terrible mandoble le dejó de rodillas, un
brillo de triunfo destelló en los ojos del general. Sin embargo, su
arremetida fue excesivamente ansiosa, mortalmente errónea. O’Caran
contorsionó su cuerpo con la velocidad de un gato y arremetió con su
sable en el costado del danés. La muerte vidrió los ojos del general y
un suspiro brotó de los labios de Telmo O’Caran. De un tajo segó la
cabeza del general y tras balancearla varias veces la lanzó al aire.
La testa cercenada crujió en su choque con la madera del Libertador, y
un gritó de triunfo se elevó de entre la jauría de piratas. De nuevo
cambiaron las tornas, los cuchillos volvieron a empaparse con alegría.
Los piratas rompieron las líneas enemigas y los daneses se vieron
rodeados, superados y desmoralizados. Sin embargo, no imploraron
clemencia, ni la habrían tenido. Murieron todos, doscientos cadáveres
que habrían de lanzar por la borda, un verdadero festín para los
tiburones.
Enviado por : rubenramirezlorenzo@yahoo.es
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