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Hubo grandes murmullos en la plaza del Águila, se habían
reunido casi trescientas personas que formaban un grupo variopinto y
singular: había duros mercenarios, avispados ladrones, soldados
renegados y esclavos liberados. Todos ellos habían tripulado alguna vez
con Telmo O’Caran y eran sus más fieles seguidores, hombres sin ley ni
patria, que solo respondían ante el bravo pirata y que reconocían
Abrazamar como su hogar.
Frente a la imponente escultura de bronce que adornaba la plaza, de
penetrantes ojos negros de zafiro, había expuesto el gran pirata su
intención de hacerse a la mar, sin ocultar las extrañas palabras del
muchacho y sin hacer falsas promesas. Nunca fue un hombre de grandes
discursos, pero siempre infundía confianza y la reafirmaba con hechos,
consiguiendo grandes botines y grandes conquistas. Sin embargo, hacía ya
tiempo de sus últimas hazañas. La memoria de aquellos que las
presenciaron y la fe de aquellos que desde siempre le siguieron son
frágiles.
Entre el murmullo que reinaba, había grades dudas sobre la conveniencia
de una nueva aventura, y aún mas dudas del beneficio que les traería
internarse en una travesía de la que nadie había vuelto jamás.
“¡Es un viaje a ciegas!”, “¡No hay beneficio al este, solo muerte en el
mar!”, “Aquí tenemos todo lo que necesitamos”, “¡Ese muchacho nos
tenderá una trampa!”. Estas y otras frases de rechazo se oyeron en la
plaza del Águila, una tras otra, hasta que un hombre alto y robusto
surgió de la marabunta y se acercó al lado de O’Caran. Levantó la mano
pidiendo silencio y tomó la palabra. Su aspecto era imponente y rezumaba
energía en cada movimiento, rondaba la treintena y tenía la terrible
vitalidad del hombre de guerra, era como un gran león con su melena
rubia y su voz atronadora.
- “¡Jamás sentí más vergüenza que en este día! – Gritó, y todo el mundo
cayó- ¡Perros desagradecidos! Aún recuerdo el día en que conocí al Gran
Capitán, yo me hubiese podrido en una celda, rodeado de ratas e
inmundicia, si él no hubiera llegado allí. Él nos liberó, gracias a él
pasé de contar mis días en una angosta celda a navegar por todos los
mares de medio mundo, llené mis manos de oro y ahora disfruto de toda
clase de lujos y placeres. ¡Todos vosotros estáis en mi misma situación!
Estos cinco últimos años hemos disfrutado de nuestras riquezas en calma,
pero si Telmo O’Caran cree que hemos de partir, yo iré”.
Estas palabras pronunció Taar Lebriaar, y su respaldo era importante,
pues sus hazañas con la espada eran muy conocidas y respetadas en la
isla. Así pues, un centenar de hombres, mezcla de indecisos e
incondicionales, estuvieron dispuestos ha embarcarse en la alocada
aventura.
A las pocas horas de la formación de la tripulación los preparativos
estuvieron muy avanzados. Todos los habitantes de Abrazamar
contribuyeron de una u otra forma al viaje de su capitán, ya fuera
aportando provisiones, armas, ropas o cualquier otro utensilio que les
pudiera ser de utilidad en tamaña empresa.
Incluso los más críticos y desilusionados con la decisión de Telmo
O’Caran se volcaron en su ayuda de forma desinteresada y generosa, pues
tal era su sentimiento por el viejo lobo de los mares. Tan eficaz fue la
colaboración de aquellos improvisados amigos del mar, que antes de que
la noche cubriera el cielo y el océano con su manto de terciopelo, el
legendario Libertador flotó dispuesto a la aventura en las blancas
playas de Abrazamar.
Aquel barco era conocido en el mundo entero y sin embargo, a la simple
vista ignorante de Zerraim, no era más que un viejo cascarón de mediano
tamaño y carente de grandes adornos. Por el contrario, cualquier avezado
marino se maravillaría con su hábil mixtura de elementos y conceptos de
los diversos pueblos de las olas.
Su casco era casi plano y tan sólo la parte delantera se elevaba de
forma ligera cubriendo en una caja de madera el pesado timón. A los
lados llevaba decenas de remos y aún más abajo se escondían los
compartimentos estancos que prevenían el hundimiento. Las velas se
elevaban en tres mástiles poderosos, divididas ingeniosamente en franjas
horizontales no demasiado ornamentales, pero extremadamente manejables a
la hora del despliegue.
En la parte delantera, una curiosa estructura de metal acababa casi en
punta como el pico de un águila, y varios refuerzos metálicos protegían
los flancos cual plumajes de acero. Una caseta de madera gobernaba el
centro del barco completando una estructura que aprovechaba el espacio
al extremo. Cualquier hombre ducho en la creación de barcos no se habría
atrevido a imaginar semejante concepto, ni mucho menos habría creído la
agilidad de aquel barco.
Telmo O’Caran había trabajado y mejorado aquella embarcación durante
toda su vida. Era su legado más importante, su único hijo, el único
tesoro del que se sentía satisfecho. Su primer hogar en la juventud y el
único motivo para abandonar la isla oculta en aquellos avanzados días de
su larga vida.
Llegó la noche. El susurro relajante del mar acompañaba por costumbre
los armoniosos sueños de la ciudad. Aquella vez no fue así para Telmo
O’Caran, que se agitaba en su lecho de un lado a otro nervioso como un
niño. Conocía el peligro de las aguas del lejano oriente y si bien no le
preocupaba, le llenaba de ansia y anticipación.
En un pequeño cuarto, en la propia casa del capitán durmió Zerraim
Nebru, y su mente descansó aquella noche como no lo había hecho durante
semanas. Sus oníricos sueños parecían satisfechos con lo conseguido y le
permitían descansar.
Enviado por : rubenramirezlorenzo@yahoo.es
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