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La llamada del Pirata 2 - Relato de Rubén Ramirez

 

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La llamada del pirata (2) - Relato de fantasia heróica

Hubo grandes murmullos en la plaza del Águila, se habían reunido casi trescientas personas que formaban un grupo variopinto y singular: había duros mercenarios, avispados ladrones, soldados renegados y esclavos liberados. Todos ellos habían tripulado alguna vez con Telmo O’Caran y eran sus más fieles seguidores, hombres sin ley ni patria, que solo respondían ante el bravo pirata y que reconocían Abrazamar como su hogar.
Frente a la imponente escultura de bronce que adornaba la plaza, de penetrantes ojos negros de zafiro, había expuesto el gran pirata su intención de hacerse a la mar, sin ocultar las extrañas palabras del muchacho y sin hacer falsas promesas. Nunca fue un hombre de grandes discursos, pero siempre infundía confianza y la reafirmaba con hechos, consiguiendo grandes botines y grandes conquistas. Sin embargo, hacía ya tiempo de sus últimas hazañas. La memoria de aquellos que las presenciaron y la fe de aquellos que desde siempre le siguieron son frágiles.
Entre el murmullo que reinaba, había grades dudas sobre la conveniencia de una nueva aventura, y aún mas dudas del beneficio que les traería internarse en una travesía de la que nadie había vuelto jamás.
“¡Es un viaje a ciegas!”, “¡No hay beneficio al este, solo muerte en el mar!”, “Aquí tenemos todo lo que necesitamos”, “¡Ese muchacho nos tenderá una trampa!”. Estas y otras frases de rechazo se oyeron en la plaza del Águila, una tras otra, hasta que un hombre alto y robusto surgió de la marabunta y se acercó al lado de O’Caran. Levantó la mano pidiendo silencio y tomó la palabra. Su aspecto era imponente y rezumaba energía en cada movimiento, rondaba la treintena y tenía la terrible vitalidad del hombre de guerra, era como un gran león con su melena rubia y su voz atronadora.
- “¡Jamás sentí más vergüenza que en este día! – Gritó, y todo el mundo cayó- ¡Perros desagradecidos! Aún recuerdo el día en que conocí al Gran Capitán, yo me hubiese podrido en una celda, rodeado de ratas e inmundicia, si él no hubiera llegado allí. Él nos liberó, gracias a él pasé de contar mis días en una angosta celda a navegar por todos los mares de medio mundo, llené mis manos de oro y ahora disfruto de toda clase de lujos y placeres. ¡Todos vosotros estáis en mi misma situación! Estos cinco últimos años hemos disfrutado de nuestras riquezas en calma, pero si Telmo O’Caran cree que hemos de partir, yo iré”.
Estas palabras pronunció Taar Lebriaar, y su respaldo era importante, pues sus hazañas con la espada eran muy conocidas y respetadas en la isla. Así pues, un centenar de hombres, mezcla de indecisos e incondicionales, estuvieron dispuestos ha embarcarse en la alocada aventura.
A las pocas horas de la formación de la tripulación los preparativos estuvieron muy avanzados. Todos los habitantes de Abrazamar contribuyeron de una u otra forma al viaje de su capitán, ya fuera aportando provisiones, armas, ropas o cualquier otro utensilio que les pudiera ser de utilidad en tamaña empresa.
Incluso los más críticos y desilusionados con la decisión de Telmo O’Caran se volcaron en su ayuda de forma desinteresada y generosa, pues tal era su sentimiento por el viejo lobo de los mares. Tan eficaz fue la colaboración de aquellos improvisados amigos del mar, que antes de que la noche cubriera el cielo y el océano con su manto de terciopelo, el legendario Libertador flotó dispuesto a la aventura en las blancas playas de Abrazamar.
Aquel barco era conocido en el mundo entero y sin embargo, a la simple vista ignorante de Zerraim, no era más que un viejo cascarón de mediano tamaño y carente de grandes adornos. Por el contrario, cualquier avezado marino se maravillaría con su hábil mixtura de elementos y conceptos de los diversos pueblos de las olas.
Su casco era casi plano y tan sólo la parte delantera se elevaba de forma ligera cubriendo en una caja de madera el pesado timón. A los lados llevaba decenas de remos y aún más abajo se escondían los compartimentos estancos que prevenían el hundimiento. Las velas se elevaban en tres mástiles poderosos, divididas ingeniosamente en franjas horizontales no demasiado ornamentales, pero extremadamente manejables a la hora del despliegue.
En la parte delantera, una curiosa estructura de metal acababa casi en punta como el pico de un águila, y varios refuerzos metálicos protegían los flancos cual plumajes de acero. Una caseta de madera gobernaba el centro del barco completando una estructura que aprovechaba el espacio al extremo. Cualquier hombre ducho en la creación de barcos no se habría atrevido a imaginar semejante concepto, ni mucho menos habría creído la agilidad de aquel barco.
Telmo O’Caran había trabajado y mejorado aquella embarcación durante toda su vida. Era su legado más importante, su único hijo, el único tesoro del que se sentía satisfecho. Su primer hogar en la juventud y el único motivo para abandonar la isla oculta en aquellos avanzados días de su larga vida.
Llegó la noche. El susurro relajante del mar acompañaba por costumbre los armoniosos sueños de la ciudad. Aquella vez no fue así para Telmo O’Caran, que se agitaba en su lecho de un lado a otro nervioso como un niño. Conocía el peligro de las aguas del lejano oriente y si bien no le preocupaba, le llenaba de ansia y anticipación.
En un pequeño cuarto, en la propia casa del capitán durmió Zerraim Nebru, y su mente descansó aquella noche como no lo había hecho durante semanas. Sus oníricos sueños parecían satisfechos con lo conseguido y le permitían descansar.

 

Enviado por : rubenramirezlorenzo@yahoo.es

** Este relato esta dividido en 5 paginas, para continuar leyendo la historia utilice los enlaces a la izquierda.

 

 

 

 

 


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