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Predicciones de un libro mágico llamado libro del profeta
Santiago se acercó a la parte antigua de la biblioteca,
ese sitio al que ya sólo iban las personas muy mayores cuando buscaban
literatura de su tiempo. El niño de once años se adentró en esa zona y
comprobó que no había ni viejos. Estaba desierta. Miró los libros viejos
y sucios en las pesadas estanterías.
Había telarañas en alguno de ellos, y todos estaban cubiertos por
algunas capas de polvo. Todos menos uno. Santi alcanzó el libro
poniéndose de puntillas y lo sacó del estante. Leyó el título: El libro
profeta.
Lo abrió y… no había nada. Pero entonces, empezaron a aparecer palabras,
una tras otras, letra por letra, punto por punto. Santi leyó:
“El pequeño Santiago, de sólo once años, observó atónito cómo aparecían
las palabras en el libro profeta y miró a su alrededor para comprobar si
alguien más vería lo mismo.”
Santiago se sorprendió al leer eso y miró a todos lados para ver si
había más gente cerca. Estaba sólo. Comprendió que había hecho lo que el
libro había escrito. Siguió:
“Pensó más de una vez si debía cerrarlo y salir o quedarse y leerlo.
Decidió mezclar las opciones: salir y leerlo. Se lo llevaría”.
Ante eso, Santiago soltó el libro y éste cayó ruidosamente al suelo. Iba
a irse pero entonces pensó: si este libro cuenta el futuro, quizás sea
bueno que me lo lleve.
Lo tomó de nuevo y se alejó de la parte antigua, pasando por delante del
mostrador sin dejar de leer lo que aparecía en el libro.
“Caminó por la biblioteca sumido en la lectura mientras en el mostrador,
la encargada miraba hacia otro lado sin darse cuenta del robo del libro.
Santiago salió de la biblioteca y anduvo presurosamente por la calle
rumbo a su casa. Se detuvo poco después de salir, pues el semáforo
estaba en verde para los coches”.
Santiago se detuvo justo cuando los coches comenzaban a moverse. Esperó
al semáforo y finalmente cruzó, volviendo a la lectura. Llegó a su casa
sin saludar a nadie y se fue a su habitación.
“Se sentó en la cama y leyó, leyó, leyó todas las palabras que
aparecían. De repente, un ruido ensordecedor proveniente de la calle lo
distrajo de la lectura. Un accidente: un camión había arrollado un coche
que no había parado ante el semáforo.”
Santiago detuvo la lectura y esperó. Miró el reloj: 12.44. Volvió a
leer.
“Santiago vio la hora del accidente: 12.45 PM. Dejó el libro a un lado
se asomó a la ventana.”
Un ruido de choque pesado llegó desde la calle, acompañado por cláxones
y gritos desesperados. Cuando Santi vio la hora, efectivamente había
pasado un minuto, las 12.45 PM. Dejando el libro, miró por la ventana y
comprobó que en la avenida había habido un accidente horrible. Se
entusiasmó al ver que el libro realmente profetizaba los sucesos
futuros.
Volvió a la lectura.
“Al día siguiente, el niño salió de su casa dispuesto a cambiar el
futuro. El libro le había contado que una niña de cinco años sería
atropellada a un par de calles de su casa. Deseando que no fuera
demasiado tarde, Santi corrió calle arriba hasta el lugar donde dos
niñas se pasaban una pelotita roja en un parque infantil. Un niño más
grande se acercó a ellas y arrojó la pelota lejos, hacia la calle. Una
de las pequeñas corrió hacia la calle pero Santi la detuvo. Un coche
pasó zumbando aplastando la pelotita, pero la niña estaba viva. El
libro, volvió a hablarle luego”.
Las palabras dejaron de aparecer y Santi supo que debía esperar al día
siguiente para hacer lo que el libro profeta le había dicho. Llegó el
día, la hora y el coche pasó zumbando como había leído. Efectivamente,
había logrado salvar a al pequeña. La madre de esta se lo agradeció
muchísimo mientras se alejaba llorando aliviada. Santiago se sintió como
un héroe. Todo gracias al libro.
Volvió a casa y siguió leyendo lo que empezaba a aparecer escrito.
“Un día duro para Santiago, pero se había hecho un héroe y estaba feliz
por ello. Ahora sabía que el libro había sido encontrado por él por una
buena razón: convertirlo en un salvador. Pasaron dos días y el libro
dejó de hablarle. Ya había dado una nueva predicción: un amigo suyo,
Fabi, sería golpeado brutalmente por cinco abusones en un callejón
cercano al colegio. Eran mucho mayores que él, así que Santi decidió
actuar. Sabía que si lo hacía, la paliza se la darían a él, pero así su
amigo podría huir.”
Santiago palideció. Sabía qué matones eran esos y a qué calle se refería
el libro. Las palabras cesaron de escribirse. Cerró el libro y esperó,
esperó… pensó y razonó, reflexionó y decidió: lo haría, claro que lo
haría. No sería un cobarde ni dejaría que su amigo pagara por su
cobardía.
Llegó el día, la hora y el lugar que Santiago conocía empezó a ponerse
tenso. Su amigo llegó corriendo, huyendo. Cinco chicos mayores que ambos
lo perseguían desde hacía rato. El chico llegó a su lado exhausto.
—¡Santi! Menos mal… ¡Ayúdame, me quieren matar!
—Vete, Fabián, corre a casa.
—¡Santi, vamos!
—Si nos siguen a ambos, nos pegan a los dos. ¡Corre!
El miedo en la cara de su amigo le indicó que los matones estaban
llegando. El chico salió corriendo dejando a Santi sólo ante aquellos
chicos. Los cinco se detuvieron al ver que alguien los enfrentaba.
—¿No piensas correr? —dijo uno de ellos riendo.
—Jódete.
Esa contestación no le gustó a ninguno y lo golpearon repetidas veces.
Sólo lo dejaron en paz cuando los padres de su amigo llegaron al lugar.
El pobre Santi sangraba y lloraba dolorido, hasta que perdió el
conocimiento.
Despertó días después en el hospital, estaba muy grave. Había sido
sometido a una operación arriesgada para salvarle la vida. Sus padres
estaban muy angustiados y desesperados. Santiago les pidió que le
trajeran el libro. Su padre se fue a casa y poco después volvió con el
libro. No lo había abierto, se notaba. Se lo dio a su hijo y lo dejaron
descansar. Se fueron a tomar un café.
Santi miró la hora: 12.00. Ya iban cuatro días exactos desde que había
encontrado el libro. Lo abrió y las palabras aparecieron:
“Se preguntaba por qué había encontrado un libro así. Creí que sería una
forma de convertirse en héroe pero, al contrario, se convirtió en su
perdición. Había mirado la hora para comprobar que era mediodía, cuatro
días después de hallar el valioso libro profeta. Esperaba leer frases
como se mejoraría pronto, pudo volver a casa esa misma tarde, ya estaba
totalmente fuera de peligro… pero para su desgracia y tristeza, a las
12.03, sólo unos pocos minutos después de despertar, su vida empezó a
irse y nadie puedo hacer nada para salvarlo”.
El corazón de Santi palpitó con fuerza ante esa predicción, disgustado,
enfadado, triste. Quería llamar a sus padres, arrojar el libro, gritar…
pero pese a todo, enmudeció, se tranquilizó… Aceptó el augurio y, con
las lágrimas cayendo por sus mejillas, dijo: está bien, y cerró los
ojos… para siempre.
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