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-Todo
empezó hace un año, en diciembre, yo estaba de vacaciones de fin de
semana en Cantabria y tuve que regresar porque mi abuela, la cual
vivía conmigo, cayó enferma y murió. Se celebró su entierro, y toda
la familia estaba muy apenada; murió postrada en su cama, ni mi
madre ni nadie de mi casa quería entrar en la habitación, pero
cuando las cosas se calmaron a mí me tocó dormir en ella, me
compraron muebles nuevos y la arreglaron a mi gusto, todo estaba
preparado para que yo durmiese en ella.
Me decidí a pasar mi primera noche, pero
puedo asegurar que no me dormí ni un segundo, estando acostada la
cama comenzó a moverse, como si alguien estuviese tumbándose a mi
lado, me quedé helada y pude ver la silueta de alguien, di por hecho
que era mi abuela, noté entonces como me acariciaban la frente de
una forma que solo ella sabia hacerlo; estaba muy asustada y el
miedo me dejo inmóvil, petrificada, un sudor frío corría por mi
cuerpo. A la mañana siguiente no conté nada decidí guardármelo para
mi ya que es algo que casi nadie cree (ni siquiera yo lo creía).
La noche siguiente me paso algo parecido y
poco a poco mientras los días pasaban me fui acostumbrando a la
presencia de ese "algo" que yo llamo abuela, ahora sé, que no
estamos solos, que esta vida está llena de presencias. Pues bien,
hoy cuento por primera vez mi historia, y espero que le ayude a
alguien que esté en mi situación.
Mi abuela siempre decía que cuando muriese
no nos acordaríamos de ella, desde luego yo no he podido hacerlo.
-Tenía
10 años y mi madre fabricaba ositos de peluche y los acomodaba
enfrente de un espejo.
Una noche sentí un gran peso en los pies de
mi cama, al principio pensé que era mi gato, y lo patee pero no se
movía. Al abrir los ojos me percaté de una mujer de camisón negro
largo o vestido, que acomodaba a los ositos. Creía que era mi madre,
pero cuando le grité vino corriendo y ahí la mujer desapareció.
Cuando le dije a mi madre lo ocurrido me dijo que era el alma de mi
tía que no descansa en paz.
Al día siguiente fuimos a la iglesia a
ponerle unas velitas. Nunca más la volví a ver.
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